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YO ME ACEPTO, TÚ ME RESPETAS, NOSOTRAS NOS APOYAMOS

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YO ME ACEPTO, TÚ ME RESPETAS, NOSOTRAS NOS APOYAMOS

He pasado mi vida convencida de que nunca llegaría a ser tan ideal como yo veía a las demás. He llorado en mi adolescencia por el acné, por los dolores de ovarios y por la sensación de inferioridad que mis complejos añadían a mi evidente timidez.

Con 18 años tuve mi primer trabajo, pero ni la independencia económica consiguió aumentar mi autoestima: me seguía pareciendo que mis piernas eran cortas, mis pechos estaban caídos y mis brazos empezaban a vislumbrar un camino que me llevaba a ocultarlos.

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Con el tiempo las caderas fueron ensanchando, la celulitis invadiendo mi cuerpo y la papada surgió del único lugar del que yo me sentía razonablemente segura, mi rostro. Sentí que me derrumbaba por las circunstancias y me dejé llevar por la apatía y la desgana.

 

Hace poco, leí la historia de una chica a la que yo admiro y respeto, contando que un desaprensivo la había apedreado por la calle al grito de ¡¡GORDAAAAAAA !! Esta barbaridad removió mi  conciencia y me hizo salir del  letargo. Probablemente necesitaba un revulsivo para tomar la iniciativa de empezar a mirarme de otro modo y aquellas lágrimas tan sentidas de una chica joven y hermosa a quien no conozco, fueron el detonante de lo que ahora es un proyecto de futuro en armonía conmigo misma.

 

Me desnudé frente al espejo y miré mi cuerpo con respeto, analicé mis kilos de más depositados a uno y otro lado, y de pronto no me pareció que fuesen tan terribles. Mi sobrepeso no me ha impedido hacer vida saludable y activa, aunque mi día a día es mejorable -por supuesto- igual que el de cualquiera. Miré mi cabello, y comprobé de que tenía una melena frondosa y suave que no había sufrido demasiado a pesar de los tintes, descuidos y maltratos a los que la he sometido a lo largo de los años. Me fijé en mis brazos y me di cuenta de que sostenían unas manos largas que habían acariciado a mi hijo, sacado adelante mi casa y ayudado a mantener en lo posible a mi familia.  Y entendí que la tragedia de no caber en una talla 36, quizá no fuese más que una banalidad que yo misma me había inventado.

 

Pero sobre todo reflexioné sobre la necesidad que tenemos a veces de hacer daño a los demás, a los que no se ajustan a las normas impuestas por quienes pretenden meternos a todos en el mismo rebaño, y fui consciente de que con mi talla 50 y mi experiencia como superviviente de la diversidad,  era el momento de hacer algo por y para todas aquellas que queremos encontrar nuestro espacio vital y mental, en este mundo en que todo lo que no se ajusta a normas parece ser “anormal”. A fin de cuentas, la mejor manera de ayudarnos, es ayudar a los demás… ¿no?

A partir de ahora quisiera compartir con vosotras este camino; el de la motivación, el de la sonrisa, el de los descubrimientos que merecen la pena, el camino del aprendizaje: Ítaca. Si alguna de vosotras quiere acercarse y dedicarnos un guiño, podrá hacerlo y tendrá una mano tendida, si prefiere mirar desde el rincón, también respetamos su espacio.

 

Por lo pronto voy a comprarme un sujetador, ¿no dicen que lo importante es la belleza interior? -Pues eso, que me lo merezco. Y así de paso puedo contaros otro día  la importancia de sentirte a gusto contigo misma, desde dentro y hacia fuera…

¿Te vienes ?

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